
¡FELIZ CUMPLEAÑOS, DR. LEJEUNE!
En el día que recordamos a san Antonio de Padua, el 13 de junio, ha tenido lugar este año, en diversos lugares del mundo, una celebración por el Centenario del nacimiento de uno de los científicos más grandes que ha conocido nuestro tiempo, el Dr. Jérôme Lejeune . Hombre de fe profunda y de hondas convicciones cristianas. Fue amigo personal de san Juan Pablo II, con quien colaboró para dar comienzo a la Academia Pontificia para la Vida. El médico francés redactó los estatutos, y en respuesta a su generosa e incondicional contribución, el Papa Wojtyla lo nombró primer presidente de la misma, faltaban escasos meses para que el Dr. Lejeune fuera llamado a la presencia de Dios.
Jérôme Lejeune puede ser considerado el auténtico padre de la genética moderna. Nació, como ya dijimos, el 13 de junio de 1926 en Montrouge. Tras concluir sus estudios de medicina, en 1952 comenzó a trabajar como investigador del Centro Nacional de Investigaciones Científicas, donde desarrolló su carrera y se convirtió en experto internacional sobre radiaciones atómicas.
Este científico ilustre y médico de fama internacional, descubrió que la Trisomía 21 era la causa genética del síndrome de Down. Trabajó incansablemente para que se reconocieran y se trataran las enfermedades de la mente, conjugando sabiamente ciencia y conciencia.
Sus trabajos le llevaron a reflexionar sobre las grandes cuestiones de la vida humana y sobre el papel que la medicina y la investigación deben jugar en defensa de los más débiles. Sus brillantes contribuciones en el ámbito científico le merecieron el reconocimiento de diversos organismos internacionales, como la Fundación Kennedy de los Estados Unidos, y otras muchas. Pero más destacada todavía que su genialidad intelectual fue su coherencia de vida, que le llevó a dar un heroico testimonio acerca de la dignidad absoluta de toda persona, especialmente cuando se ve afectada por la discapacidad y la enfermedad. Para el Dr. Lejeune, la altura moral de una sociedad se puede medir en cómo se trata en ella a las personas más vulnerables. Su oposición radical a toda forma de discriminación y al aborto de los niños a los que muchos usando el diagnóstico prenatal de la trisomía 21 pretendían condenar a muerte atrajo en su contra una tremenda persecución.
Al constatar cómo sus descubrimientos en materia genética estaban siendo utilizados exactamente al contrario de lo qué él intuía —no para atender y acompañar, sino para condenar a muerte— se dedicó con todas sus energías a defender la vida de aquellos “más pequeños e indefensos”. Cuando la naturaleza condena, decía, la tarea del médico no es ejecutar la sentencia, sino intentar conmutar la pena. Su radical oposición a las pretendidas leyes eugenésicas, que representaban la muerte de una enorme cantidad de inocentes, le mereció ser rechazado, parodiado, ridiculizado y marginado. Este fue el motivo por el que se le negó, por ejemplo, el Premio Nobel en un par de ocasiones, no obstante que nadie como él habría tenía méritos para recibirlo. Vivió con fe y humildad esas contradicciones. Incluso buscaron asfixiar sus trabajos de investigación, privándole de recursos públicos, pero él se las ingenió para buscar el financiamiento necesario para continuar aquella indispensable labor.

Fue enviado o requerido como experto internacional en materia de energía nuclear, genética y derechos humanos en muchas y muy delicadas situaciones. Así, por ejemplo, cuando ante los tribunales había pugnas que ponían en juego el destino —la vida o la muerte— de personas en etapa gestacional. Sabía compaginar todos estos compromisos no solo con la investigación, sino también, con la discreta tarea de acompañar a las familias ante el shock que representaba para ellos la noticia del síndrome de Down de sus integrantes. Los atendía con paciencia, les explicaba la situación, les acompañaba y quedaba siempre a su disposición: a los padres de estos niños no se les puede hacer esperar, decía.
Hay una gran cantidad de testimonios respecto a los efectos positivos de esta actitud sensible y paciente por parte de Lejeune, como aquella vez que después de ver un debate sobre el aborto por motivos eugenésicos una niña llegó y se arrojó a sus brazos dándole las gracias por defenderla de aquellos que la querían matar. O cuando un niño llegó muy contento diciéndole que “había estado muy guapo y había hablado muy bien” en un debate en el que defendió los derechos de los niños concebidos pero todavía no nacidos, especialmente ante el diagnóstico de la trisomía 21. Al recibir la noticia de que el Dr. Lejeune estaba gravemente enfermo, Cécile, una niña trisómica, escribió esta oración: «Dios mío, por favor, vela por mi amigo. A mi familia no le gusto, pero a él le parezco un poco bonita, porque conoce de qué está hecho mi corazón».
El testimonio más conmovedor a este respecto tuvo lugar, sin lugar a dudas, durante la Misa de exequias de Jérôme Lejeune: En el corazón mismo de la catedral de Notre-Dame, en medio de una multitud compacta y recogida, avanza Bruno, un trisómico 21. Gracias a su cariotipo y al de otros seis trisómicos, Jérôme había hecho el más famoso de sus descubrimientos. Para Bruno es motivo de inmenso orgullo. En las manos sostiene una fotografía de Lejeune. En la oración universal, ante la sorpresa general, toma por su propia iniciativa el micrófono y pronuncia, con voz alta y clara, estas palabras: “Gracias, profesor, por lo que ha hecho por mi padre y por mi madre. A usted le debo sentirme orgulloso de mí”.
Esa es la mejor síntesis para presentar la vida de Jérôme Lejeune: fue capaz de poner la mirada en esos que la gente no ve, ni quiere ver, y los tomó de la mano para conducirlos a la luz.
San Juan Pablo II, al recibir la noticia del fallecimiento de Lejeune, envió una carta al Cardenal Arzobispo de París, poniendo de relieve la extraordinaria talla humana y espiritual de su amigo: «Lejeune nos ha dejado el radiante testimonio de su vida como hombre y como cristiano… Supo usar siempre su profundo conocimiento de la vida y de sus secretos para el verdadero bien del hombre y de la humanidad, y solo para eso… Asumió plenamente la responsabilidad personal del científico, dispuesto a convertirse en “signo de contradicción”, sin importarle las presiones ejercidas por una sociedad permisiva, ni el ostracismo de que fue objeto… Nos hallamos ante un gran cristiano del siglo XX, un hombre para quien la defensa de la vida se convirtió en un apostolado… Las instituciones humanas, los parlamentos elegidos democráticamente, usurpan el derecho a poder determinar quién tiene derecho a la vida y, a la inversa, a quién se le puede negar ese derecho sin culpa por su parte…» (san Juan Pablo II, Carta, 4 de abril de 1994).

Tres años después, en 1997, con ocasión de su viaje a Francia, el Papa polaco insistió en visitar la tumba de “su hermano Lejeune”, y así lo hizo.
Mucho se puede destacar el legado del Dr. Lejeune en materia científica y en la defensa de la vida. Pero no menos destacada es su figura como esposo, padre, abuelo, hermano y amigo. Poseía un temple diamantino de voluntad y una dulzura extraordinaria de carácter. Sabía dar importancia a las cosas de los demás y tener un gesto de finura a la altura de cada circunstancia. Destaca en él un celo apostólico encendido e infatigable, orientado especialmente hacia los jóvenes.
«La genética humana —nos recuerda el prof. Lejeune— se resume en un credo elemental que es el siguiente: en el principio hay un mensaje, y ese mensaje esta en la vida, y ese mensaje es la vida. Y si este mensaje es un mensaje humano, entonces esa vida es una vida humana».
En un tribunal al que asistió en calidad de experto, ante la pregunta de si a un bebé concebido pero todavía no nacido se le podía llamar “niño”, él respondió: «He dedicados años de investigación al comienzo del ser humano, lo que ha valido diversos reconocimientos académicos… De ninguna manera sería una estafa llamarle “niño”, ya que esta palabra expresa la realidad. Es lo que enseñan todos los profesores de genética fundamental. Existe un niño desde la fecundación. Etimológicamente, la infancia es la época en la que el niño todavía no habla. Viendo un feto no hay lugar a dudas».
A continuación, resumió la que él llamaba “la verdadera historia de Pulgarcito”, no el del cuento sino el que fuimos cada uno de nosotros. El público, así como el tribunal, estaba fascinado por su exposición. A continuación, mostró una fotografía que llevaba en el bolsillo y la presentó al presidente del tribunal, mientras le preguntaba: «Señor Presidente, ¿qué ve usted en esta foto?» «Es un bebé elefante», responde su interlocutor. Entonces Lejeune concluye: «Es un aborto espontáneo de elefante. Nadie dirá que usted haya mentido. Cualquier persona que vea un niño de 10 semanas sin haberlo visto nunca, puede llegar de forma espontánea a la misma conclusión a la que usted ha llegado: es un bebé, un pequeño ser humano».
Para Lejeune, experto en materia de energía nuclear, existía, sin embargo, una fuerza más explosiva que la de la bomba atómica, una fuerza que podría concentrar en la punta de un alfiler nada menos que toda la información necesaria y suficiente contenida por la célula más “informada” del mundo: el óvulo fecundado. Ninguna otra célula poseerá jamás eso durante toda la vida, pues en el proceso de expansión más bien se va perdiendo que incorporando información y potencialidad. Que todo eso exista en el instante mismo en el que se encuentra enunciada la constitución humana —el momento de la unión entre el óvulo y el espermatozoide—, que la mayor fuerza se presente bajo la apariencia de la más extrema debilidad, tal es el descubrimiento fundamental que tanta admiración causaba al profesor Lejeune.
De eso dio testimonio ante los hombres más poderoso del mundo. Queda constancia de ello en la correspondencia que intercambió con el rey Balduino de Bélgica en una circunstancia de la que se ha hablado bastante: cuando el parlamento belga votó una ley que autorizaba la eliminación de sus súbditos más pequeños, el rey Balduino se negó a estampar su firma. Para proteger a sus ciudadanos abdicó al trono. En su ausencia, el parlamento votó aquella ley infame.
La vida y la obra del Dr. Lejeune nos recuerda aquella máxima tan conocida según la cual «un ser humano es, sencillamente, un ser humano». Recordemos cómo Wendell Holmes, con este eslogan, logró la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos.
«¿El trisómico 21? Es un hombre.
¿Debemos verificar su identidad antes del nacimiento? Es un hombre.
¿Nada se puede hacer para curarlo? Es un hombre.
¿El feto no es más que un montón de células? Es un hombre.
¿El aborto no mata a nadie? Es un hombre.
¿Fabricamos un embrión en botella? Es un hombre.
¿Lo congelamos si sale bien? Es un hombre.
¿Lo usamos para hacer experimentos e investigaciones? Es un hombre».
Para Lejeune este era el factor decisivo: Es un ser humano, y “aquello que hiciste o dejaste de hacer a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hiciste” (cf. Mt. 25, 40). El Dr. Lejeune se encuentra actualmente en proceso de beatificación y canonización. Después de haber concluido la etapa diocesana, la causa se encuentra actualmente en su fase de estudio por parte de la Santa Sede. Nosotros pedimos, por intercesión del Venerable Jérôme Lejeune, que Dios tenga piedad y nos bendiga, que ilumine su rostro ante nosotros y nos muestre su misericordia.
Para conocer más al Dr. Lejeune les recomiendo las siguientes obras:
«En el comienzo, la vida. Conferencias inéditas (1968-1992)», de su autoría.
«La dicha de vivir. Jérôme Lejeune, mi padre», escrito por su hija Clara Lejeune.
«Jérôme Lejeune. La libertad del sabio», de Aude Dugast, postula dora de la causa de canonización.
«Jérôme Lejeune, un retrato espiritual», también de Aude Dugast.
«El profesor Jérôme Lejeune. Fundador de la genética moderna», de Jean-Marie Le Méné.
«El amor a la vida», del mismo autor que firma estas líneas.
Puede consultarse, además, el sitio web de la Fundación Jérôme Lejeune, que tiene presencia en varios países.
Referencias:
