Ilustración que acompaña el artículo sobre la encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV.

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad

June 15, 202611 min read

A poco más de un año del inicio de su pontificado, el Santo Padre León XIV ha publicado su primera encíclica. Firmada el 15 de mayo, en el 135 aniversario de la encíclica Rerum novarum, y hecha pública el día 25 del mismo, Magnífica humanitas —La magnífica humanidad— constituye una llamada por parte del Pontífice a custodiar al ser humano, a toda persona, y su dignidad en una época marcada por una vertiginosa aceleración y por el inmenso poder para crear o destruir que la técnica pone en manos no tanto de la humanidad, sino más bien de unos cuantos. En efecto, el poder que hasta hace algunas décadas estaba en manos de los gobiernos nacionales y de los organismos internacionales, hoy lo ostentan los dueños de las grandes empresas tecnológicas, son ellos los que sostienen el timón que dirige el destino del mundo y están detrás de las grandes decisiones que afectan a la mayoría de la población.

En los cinco capítulos que la forman, además de la introducción y la conclusión, la Encíclica, que se inscribe en línea de los grandes documentos sociales del Magisterio de la Iglesia, nos ofrece un panorama capaz de ayudarnos a mirar críticamente y con una perspectiva de futuro los pasos de una humanidad que está llamada a asumir su responsabilidad en esta encrucijada histórica. En el capítulo primero, el Santo Padre nos ofrece una mirada sobre la Iglesia y su misión en el mundo: signo e instrumento de la comunión con Dios y de los hombres entre sí en Cristo, como enseña el Concilio, la Iglesia se sabe llamada a compartir el destino de la humanidad poniendo a su servicio los dones recibidos. Impulsada por el Espíritu mira con amor a sus hermanos los hombres y busca colaborar con ellos en toda iniciativa noble, ofreciendo su rico patrimonio doctrinal y espiritual. El Papa recapitula los principales aportes de sus predecesores a la Doctrina Social de la Iglesia, desde León XIII hasta el Papa Francisco, pasando por el Concilio Vaticano II. En el capítulo dos, nos presenta los fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia. Ante los desafíos planteados por los actuales desarrollos tecnológicos y sobre todo por el carácter cada vez más cotidiano e inmediato de la inteligencia artificial, en los capítulos tres a cinco, León XIV ofrece luz para comprender e indicaciones precisas para que en este cambio de época la humanidad no quede relegada detrás de sus obras.

El drama de la humanidad actual consiste en que el desarrollo científico y tecnológico no ha venido a acompañado de un incremento proporcional de las energías morales y espirituales que nos capaciten para orientar adecuadamente las nuevas posibilidades. La razón es muy sencilla: en el campo de la ciencia y de la técnica el progreso es “acumulativo”. Cada nueva generación comienza donde ha quedado la anterior, para desarrollar instrumentos cada vez más sofisticados. En lo concerniente al hombre interior, es decir, en el campo de la conciencia y de los valores, no existe ese mismo avance lineal, sino que cada generación tiene un nuevo comienzo: en el campo de la moral cada generación comienza, por decirlo así, desde cero. Y lo que otros hicieron queda solo como testimonio, como invitación a la libertad responsable.

El desarrollo actual presenta unas características particulares, al punto que hoy no puede simplemente sostenerse que los nuevos conocimientos y herramientas constituyan un entramado éticamente neutro o indiferente, y que sea solo el uso que se hace de ellos el que les dé una determinada orientación moral. Las posibilidades actuales —la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro ADN y otras capacidades que hemos adquirido— dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero, como afirmaba también el Papa Francisco . Esto adquiere especial relevancia en el momento en que los principales motores del desarrollo son actores privados, dotados de recursos y capacidad de acción superior a los de muchos gobiernos. Dado que sus decisiones afectan a la humanidad entera, es necesario un proceso de discernimiento compartido, capaz de profundizar las raíces espirituales y morales de las transformaciones que se están produciendo.

La historia ofrece suficientes ejemplos de una especie de embriaguez que somete a los poderosos a la tentación de decidir cuál debería ser a su juicio el ser humano correcto. Las modernas tecnologías, que surgen de la iniciativa privada, fluyen en sintonía de los intereses económicos de la minoría que los crea y hace negocio con ellos. La lógica de la ganancia funciona, en la práctica, como fuerza de gravedad que dirige la trayectoria del progreso, generando nuevas disparidades hirientes, y nuevas formas de exclusión.

Siempre los más perjudicados terminan siendo los pobres. El Papa invita a una revisión transparente de los postulados no siempre a la vista de todos, a un discernimiento compartido que desenmascare las mentiras ocultas, fuente de la injusticia, y luego a profundizar las raíces espirituales y morales a fin de que las transformaciones que tienen lugar ante nosotros potencien el desarrollo humano integral, toda persona y toda la persona: un crecimiento accesible a todos y que irradie todas las dimensiones la vida humana.

Por el contrario, cuando la lógica del mercado es la que impone sus valores, se termina diluyendo la conciencia del valor infinito de cada persona. Entonces el progreso se convierte en paladín de la polarización, la explotación y la guerra, exasperando las divisiones. Ante este panorama nadie debería permanecer indiferente, pues los súbditos ideales de los sistemas injustos y totalitarios no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción, y la distinción entre lo verdadero y lo falso».

Cuando no solo se atrofia la facultad para percibir la dignidad absoluta de todo ser humano, sino que además esta es pisoteada, la Iglesia que es madre y servidora de la humanidad, no puede dejar de levantar la voz para señalar el peligro de un relativismo agresivo que ya nada reconoce como definitivo, salvo el propio yo y su capricho, por usar la expresión del entonces Card. Ratzinger. Allí donde la humanidad corre peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, conscientes de que sin referencia a Cristo la vida humana se convierte en un enigma sin solución, pero que en Él, con Él y por Él esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida.

Sin Dios —sin el Dios verdadero, el Dios con el rostro de Cristo— el mundo se autodestruye, lo constatamos con nuestros propios ojos. Allí donde no hay ningún sentido de trascendencia solo queda el “todo vale” y comienza el imperio de la crueldad y la violencia. Ante esta posibilidad siempre latente a lo largo de la historia, los cristianos tenemos una profundísima certeza: el Dios que nos ha creado, que nos ha redimido, y que nos santifica, ofrece a cada uno de nosotros la vía para caminar hacia la plenitud. Por eso dar a conocer a Dios, ofrecer a todos su luz, no constituye un vía hacia un intimismo espiritualista y, por tanto, una fuga de la realidad, sino una puerta abierta hacia la vida verdadera y abundante que Jesús ha venido a ofrecernos.

En su encíclica, el Papa tiene una palabra para todos: para los grandes empresarios, para los gobernantes, para los líderes de opinión, para los padres de familia, para los jóvenes, para los hombres y mujeres de buena voluntad. A todos nos recuerda que «no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza». Mientras el transhumanismo y del posthumanismo prometen una superación de todo límite mediante la técnica, el Papa nos recuerda que el ser humano madura precisamente cuando decide no evadir las dificultades sino más bien enfrentarlas, convirtiendo en fuente de aprendizaje las propias caídas y las heridas en ocasión para superarse uno a sí mismo.

El Papa da el primer paso para iniciar un diálogo urgente, en aras a un discernimiento compartido, sin el cual el desarrollo se vuelve presa de un peligroso esnobismo. Los actores del desarrollo —inversionistas, ingenieros— al ser juez y parte, experimentan la tentación de anteponer la ganancia, el poder o el prestigio.

Por eso, deben estar abiertos a otras voces que, desde fuera, adviertan de los peligros y las posibles desviaciones. No se trata de dar voz a un moralismo ingenuo, enemigo del progreso; ni mucho menos de la alternativa entre un sí o un no a la ciencia y la técnica, sino de tener claro el criterio fundamental: la persona como centro, fin, criterio y norma de todo desarrollo auténtico. Por tanto, nunca debe sacrificarse al ser humano y sus derechos fundamentales, en nombre de intereses económicos, sino que cada uno ha de ser resguardado, en cualquier circunstancia, junto a las propias prerrogativas esenciales.

Magnífica humanitas propone desarmar la inteligencia artificial, es decir, a no ponerla al servicio de la guerra, la muerte y la destrucción, y desarmar también nuestro lenguaje. Invita a dar espacio a la protección de las familias, a asegurar el derecho de toda persona al trabajo y a una vivienda digna. Anima a cultivar la interioridad, pues solo con ella aprenderemos a vivir sin diluirnos en ambientes en los que la interacción con las nuevas tecnología de la información es cosa de todos los días. De ahí la importancia del silencio, de la reflexión, de la oración, para poder desenmascarar las influencias disolventes del mundo y las complicidades interiores que brotan de nuestra propia tendencia a la dispersión.

Acto seguido a la publicación de la encíclica, muchos habremos recibido una gran cantidad de mensajes con resúmenes, infografías y comentarios a la misma, elaborados mediante inteligencia artificial. Un hecho un tanto paradójico —sin pretender negar lo útil que estas herramientas puedan llegar a ser— ante un documento que anima a tener la valentía de la reflexión, del estudio serio, y a un discernimiento que conduzca a custodiar lo humano, sobre todo cuando la tendencia generalizada consiste en renunciar a pensar y dejarse dictar lo que uno debe opinar en todos los asuntos. De ahí que el que escribe estas líneas no haya cedido a la tentación de la prisa. Consciente de que quizá el interés de los medios, incluido los católicos, por el documento papal haya dado paso a otros temas “más de moda”, he querido ofrecer estas líneas después de haber leído y estudiado pausadamente este importante documento.

Esta magnífica humanidad, nos dice el Papa, tiene la tarea de dar forma a su propia época, y se encuentra ante una encrucijada: o hacer madurar la historia como lugar en donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad, o construir un mundo inhumano y más injusto. Se trata en efecto, de una alternativa radical: a construir una nueva Babel, que genere destrucción y dispersión; o asumir el reto de reconstruir los vínculos que nos hermanan haciendo de nuestras comunidades lugares habitables en que se reconozca y exprese la altísima dignidad del ser humano, antesala de la Jerusalén celestial donde Dios será todo en todos.

La historia es el escenario en que la humanidad toma partido: «el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios». Es aquello del gran san Agustín, maestro espiritual del Papa León XIV: «Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí hasta el desprecio de Dios, la ciudad del mundo; el amor a Dios hasta el desprecio de sí, la ciudad de Dios».

En una de las películas de superhéroes del universo Marvel, en un momento decisivo, se pone en boca de un personaje, una frase que, a manera de testamento o última voluntad, terminará orientando toda la vida posterior del protagonista: «Un gran poder conlleva una gran responsabilidad», le dijo mientras exhalaba su último aliento. Es una verdad sencilla, fácil de comprender, pero fundamental para nuestro presente y para orientar el futuro. Esta evidencia recorre transversalemte todas las páginas de la encíclica Magnifica humanitas, del Papa León XIV, cuya oportunidad es evidente en un contexto cultural marcado por la fe en el progreso, al que a veces llega a considerarse un fin en sí mismo y la lógica de la ganancia como único criterio de referencia en la toma de decisiones, sin reparar en la gran oportunidad que tenemos ante nosotros, a condición de orientar nuestros esfuerzos al servicio del desarrollo integral del ser humano.

Referencias:

Cf. Francisco, Laudato si (24 mayo 2015), n. 104.

H. Arendt., Los orígenes del totalitarismo, Madrid, 2014, p. 634. Citado en Magnífica humanitas, n. 134.

Cf. J. Ratzinger, Homilía de la misa por la elección del Papa, 18-IV-2005.

Cf. León XIV, Magnifica humanitas (15 mayo 2026), n. 1.

J.R. Tolkien, El señor de los anillos III, El retorno del rey, Barcelona, 1991, p. 194. Citado por el Papa en el n. 213 de la encíclica.

V. Frankl, El hombre en busca de sentido, Barcelona, 1991, p. 74. Citado por el Santo Padre en el n. 122.

La ciudad de Dios, XIV, 28. Citado en Magnifica humanitas, n. 130.

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