Centenario de la Guerra Cristera 1926-2026: mártires mexicanos y libertad religiosa

¿Cuánto habrá cambiado en 100 años? Centenario Guerra Cristera

August 03, 20269 min read

¿Cuánto habrá cambiado en 100 años?

Una reflexión sobre el centenario de la Guerra Cristera

Estamos conmemorando el centenario de la Guerra Cristera, y quizá con la cifra no somos tan conscientes de que este acontecimiento ¡tiene ya un siglo!

Me parece muy fuerte, y llevo días pensando en esa parte de la historia de nuestro país y en la manera en que vivimos la fe en México, nuestra herencia cristera. Tiene que ver, sin duda, con que soy amante de la historia, sobre todo, cuando se entrelaza con el cristianismo: se me pone la piel chinita al repasar los hechos y testimonios de entonces y, poco a poco, ir conectándolos con nuestra realidad hoy.

Por eso, no quiero hablar aquí tanto de lo que pasó entonces, aunque sí daré un breve contexto, sino de lo que está pasando hoy... más que en el país, en nuestro corazón.

Cuando las campanas se callaron: el origen del conflicto religioso en México

Con fecha del 25 de julio de 1926, los obispos de México publicaron una carta pastoral en la que se indicaba el cese del culto público en todos los templos del país a partir del 31 de julio, como consecuencia de la imposibilidad de ejercer libremente el ministerio bajo la llamada Ley Calles, que sometía la vida ordinaria de la Iglesia y el trabajo de los sacerdotes al control del Estado.

Así, al amanecer del 1 de agosto, México despertó sin misas públicas: los templos quedaron abiertos y en silencio, custodiados por los propios fieles. ¿Pueden imaginarlo?

La lucha armada comenzó y se prolongó de 1926 a junio de 1929, cuando se llegó a los "arreglos" que, hasta principios de los años treinta, convivieron con un ambiente todavía hostil. Sin duda, pienso que este ha sido uno de los capítulos más dolorosos de nuestra historia.

El otro día escuché un dato que me parece maravilloso, como cualquier acción de la Providencia, y que no siempre tenemos presente: siete meses antes, el 11 de diciembre de 1925, el Papa Pío XI había instituido la fiesta de Cristo Rey. Una de mis favoritas, si me preguntan, porque nos enseña que Cristo reina no como el mundo entiende un reinado, sino bajo la pedagogía de la cruz: con humildad, entrega y, sobre todo, paz y amor.

"¡Viva Cristo Rey!" es la convicción de que creemos en ese reinado, y no solo eso: que lo buscamos y lo anhelamos con locura como centro de nuestras vidas, de nuestro corazón, con la añoranza de la Patria Celestial. Ese fue el lema que distinguió a los llamados cristeros, un grito que ningún ejército pudo ni podrá apagar jamás, ni con la muerte: "¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!".

Cien años después, ¿no sigue resonando fuerte esa frase en nuestros corazones? (Porque en el mío, sí). Ese es nuestro programa de vida.

Quiénes son los mártires de la Guerra Cristera?

Los mártires mexicanos: lo que se conmemora (y lo que no)

Nuestros queridos obispos han sido claros al respecto en su mensaje por el centenario, pues lo que se conmemora no es una guerra… no celebramos una victoria y, definitivamente, esta memoria no se pone al servicio de ningún proyecto político. Como lo dije, fue un evento que hizo sufrir a nuestras familias (sí, mi familia también estuvo ahí).

Lo que sí se conmemora son tres cosas:

1. La fidelidad de un pueblo que, sin templos abiertos, siguió rezando en las casas y viviendo los sacramentos a escondidas.

2. El testimonio de quienes decidieron no matar por Cristo, sino morir por Él y como él, perdonando a sus verdugos.

3. La lección aprendida, a un precio altísimo, de que la libertad religiosa no es un privilegio del clero, sino un derecho de toda persona.

Muchos de nuestros antepasados, religiosos y laicos, permanecieron fieles aun cuando eso significaba perderlo todo. Hoy, los conocemos como nuestros mártires: san Cristóbal Magallanes y los otros veinticuatro canonizados en el año 2000; el beato Anacleto González Flores, abogado y padre de familia; san José Sánchez del Río, apenas un adolescente; el beato Miguel Agustín Pro, fusilado con los brazos en cruz… y la inmensa multitud cuyos nombres no aparecen en ninguna lista.

"Mártir" significa, literalmente, testigo. Siendo testigos del amor de Dios, murieron porque amaron más a Cristo que a su propio yo, tan peligroso en nuestros días. Su sangre nos sembró esperanza.

Estos mártires son hoy una de las raíces más sólidas y profundas de la Iglesia en México. Cada vez que repaso sus historias, me pregunto si yo tendría ese mismo valor.

Persecución religiosa hoy: hacer memoria para aprender, no para reabrir heridas

La memoria de los mártires, insisten los obispos, no nos invita a quedarnos anclados en 1926, sino a preguntarnos cómo defendemos hoy la libertad religiosa, la dignidad humana y la verdad del Evangelio. Este es mi punto central para dirigirme a ustedes hoy.

Nuestros obispos reconocen que hoy, esa libertad y conciencia puede coaccionarse sin necesidad de cerrar un solo templo, a través de la manipulación de la información, la reducción de la persona a un simple perfil de consumo o los algoritmos que capturan la atención y polarizan.

Dicho de otro modo, la persecución quizá ya no sea como entonces, pero sigue existiendo. Y confieso que, al pensar en cómo escribir esto, la primera pregunta que tuve fue sobre mí misma antes que sobre nadie más.

Lo que tenemos hoy los católicos en México

Hoy, nadie nos impide entrar a una iglesia. Escuchamos las campanas llamar a misa y asistir libremente cuando queramos. Tenemos la Biblia en nuestro hogar y la llevaos en el celular, nuestros rosarios en el cuello, la muñeca o la bolsa y mil contenidos de formación católica a un clic de distancia. La verdad es que tenemos una libertad que muchos de nuestros antepasados no tuvieron.

Y, ¿qué estamos haciendo con esa libertad? ¿Acaso seremos igual de valientes que ellos? ¿O simplemente vivimos una fe más cómoda?

Creo que, el desafío de hoy ya no es esconder a un sacerdote o recibir la Eucaristía sin que nadie lo sepa, quizá nuestros desafíos están en la rutina del día a día, en lo sencillo y pequeño, lo cual es más fácil pasar por alto, pero vale muchísimo. “El que es fiel en lo insignificante, lo es también en lo importante” (Lc 16,10).

Se cumplen 15 años de la beatificación de 13 mártires mexicanos

5 formas en las que la fe se pone a prueba hoy:

He querido incluir en este artículo, cinco formas en las que nuestra fe podría estarse poniendo a prueba hoy para hacer un examen de conciencia:

1. La cultura de la cancelación. Ya no hace falta una ley para silenciar la fe, ahora solo basta una burla, un comentario en redes, el miedo a quedar mal frente a los demás. Es, en el fondo, la misma coacción de la conciencia que señalan los obispos, solo que con un algoritmo que premia el silencio y castiga la convicción. Muchos callamos el Evangelio no porque esté prohibido, sino porque tememos no ser aceptados. Yo misma me he sorprendido midiendo mis palabras antes de publicarlas para “no ofender”. Los mártires perdieron la vida; nosotros, a veces, no queremos perder unos cuantos "likes".

2. El individualismo. Los cristeros entendían la fe como algo comunitario. Era el pueblo entero, no un grupito, el que sostuvo la Iglesia cuando los templos estaban cerrados. Hoy, reducimos con facilidad el cristianismo a una experiencia privada: "yo creo en Dios, pero a mi manera". Pero la fe siempre construye Iglesia, sirve a los demás y transforma la sociedad… no puede quedarse encerrada únicamente en mi encierro.

3. Las prisas que vacían el alma. Vivimos acelerados, con tiempo para todo menos para Dios. La oración, los sacramentos y el silencio no son prioridad porque siempre parece haber algo más urgente. A mí me pasa más seguido de lo que quisiera admitir. Quienes hace cien años arriesgaban la vida por asistir a misa, probablemente valorarían la Eucaristía mucho más de lo que la valoramos nosotros, que la tenemos disponible todos los días en tantos lugares.

4. Las nuevas imposiciones ideológicas. La libertad religiosa, más que de ir al templo, es poder vivir la fe en la vida pública. Los mismos obispos lo dicen: en México persisten restricciones que no corresponden a una democracia madura, desde límites al culto fuera de los templos hasta la dificultad de los padres para elegir la educación religiosa de sus hijos frente a modelos impuestos sin consenso. Defender la verdad sigue teniendo un costo. Distinto al de 1926, pero es actual y es real.

5. La tibieza espiritual. Quizá este sea el mayor peligro, más que cualquier persecución externa. Hoy corremos el riesgo de tener un corazón acostumbrado, una fe sin conversión, una religión que ya no transforma la vida, una rutina que no sale al encuentro. Este es, si les soy honesta, el punto que más me confronta de los cinco. Los mártires gritaron "¡Viva Cristo Rey!" con su sangre. A nosotros se nos pide proclamarlo con la vida de todos los días.

La lista de los testigos no se terminó de escribir en 1929

Es cierto, la persecución religiosa contra sacerdotes en México no terminó hace un siglo. Los propios obispos recuerdan, en el mismo mensaje, a sacerdotes asesinados en el ejercicio de su ministerio en años recientes, reconociendo que el llamado a la fidelidad, incluso hasta el extremo, sigue vivo en nuestra Iglesia. La diferencia es que a la mayoría de nosotros no se nos pide la vida, sino simplemente, la coherencia.

La pregunta que hay que hacerse

Hace cien años hubo cristianos dispuestos a perder su libertad antes que perder la fe. ¡Y hoy tenemos ambas: libertad + fe! Y la pregunta que hace eco en lo profundo de mi corazón es: ¿qué estamos haciendo con ese regalo? ¿Qué estoy haciendo yo?

Más que una fecha para recordar, la conmemoración de los 100 años de la Guerra Cristera es una oportunidad para examinar dentro y mirarnos al espejo.

Tal vez, la mayoría conocemos los nombres de nuestros santos mártires, pero el mejor homenaje que podamos hacerles es vivir con la misma coherencia con la que ellos vivieron, dando testimonio del Evangelio, con firmeza y caridad, sin alimentar resentimientos.

Han pasado cien años, ¿cuánto habrá cambiado México? Pero, sobre todo, ¿cuánto hemos cambiado nosotros?

¡Viva Cristo Rey y santa María de Guadalupe!

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