
Tu hijo te salva. Aborto impensable
La frase del escritor Albert Camus, galardonado con el premio Nobel de literatura en 1957: «Mi reino sí es de este mundo», expresa la posición espiritual del hombre de hoy. Es evidente que la modernidad ha traído consigo una progresiva disolución de la escatología cristiana, la cual ha sido sustituida por la fe en el progreso. En efecto, hoy nadie espera la salvación o la felicidad en el más allá, sino que lo que se busca es obtener aquí y ahora el máximo de satisfacción al alcance. Este programa ya no es utópico, en el sentido que lo fueron las ideologías del siglo XX, sino que pretende ser más bien “práctico” y “realista”. No busca transformar las piedras en pan, ni hacer que los que tienen compartan con los que nada poseen, sino que, para que nadie moleste la satisfacción que han alcanzado los otros, propone algunas técnicas encaminadas a reducir el número de comensales a la mesa de la humanidad.
Este inmanentismo agresivo trae consigo una visión del ser humano en que la vocación al amor es reemplazada por una filosofía del egoísmo en la que el otro es visto siempre como competidor, como alguien que limita mis aspiraciones, como una carga de la que tengo que librarme. El miedo al otro ha sido asumido incluso en las más altas esferas como programa político. Lo característico de esta antropología se pone de manifiesto sobre todo en la representación de la mujer y en el llamado dirigido a todas ellas para liberarse de lo que constituye su especificidad, la familia y la maternidad, para dar paso a un ser humano indistinto y uniforme en el cual el dato biológico representa solo un reto del cual hay que librarse mediante la técnica.
Sobre el altar de la habilitación y empoderamiento de la mujer, en aras a la igualdad y equidad de género, habría que sacrificar los vínculos más sagrados: familia e hijos. Porque en ellos, precisamente radicaría la causa histórica de su discriminación y rezago. El omnipresente miedo al otro se traduce entonces en miedo a la maternidad.
Pero cuando a una persona se le pide que en lugar de abrirse a los demás se encierre de modo egoísta solo en sí misma, y se olvide de los otros, cuando se le sugiere que no ame, en el fondo se le está exigiendo que renuncie a ser verdaderamente ella misma, que sacrifique su ser persona. A propósito, la Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano II promulgada precisamente el 7 de diciembre de 1965, nos recuerda que “el ser humano, única criatura a la que Dios ha amado por sí misma, solo se realiza mediante la entrega sincera de sí a los demás”. El sexagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, que celebramos precisamente al concluir este año jubilar de la esperanza, nos invita a recordar y proponer, especialmente a las nuevas generaciones, estas verdades fundamentales.
Solo una esperanza que no defrauda, aquella que procede del amor más grande que ha dado la vida por nosotros y que nos sostiene, nos permite ponernos en camino en la dirección propuesta por el Concilio: la de la entrega sincera de sí mismo a los demás. Contemplar el pesebre y en él al Niño recién nacido nos renueva interiormente afianzándonos precisamente en esa esperanza: suceda lo que suceda, un gran amor, nos precede y nos espera. «Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn. 4, 16). Estas palabras de la primera carta de san Juan expresan con claridad meridiana el corazón de nuestra fe, la imagen cristiana de Dios y la consiguiente imagen del ser humano y de su camino.

«Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (Íbid.). «Hemos creído en el amor», así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. Aquí está precisamente el antídoto contra la epidemia de egoísmo que nos circunda y que asfixia el corazón de tantos. Este es precisamente el sentido del lema elegido para este encuentro: «Tu hijo te salva: aborto impensable», que nos invita a no ceder a las presiones de los muchos Herodes que hoy también entre nosotros pretenden condenar a muerte a los más inocentes y vulnerables de todos, los bebés en el vientre materno. Somos conscientes de que, cuando un pueblo está dispuesto a matar a sus ciudadanos más indefensos, pierde su alma, renuncia a la humanidad, y abre la puerta a las más espantosas formas de crueldad y violencia.
No podemos quedarnos callados, atrincherarnos en nuestra comodidad convirtiéndonos en cómplices de un genocidio de proporciones inauditas. No debemos permitir que se imponga a nuestros jóvenes la convicción de algunos de que el precio a pagar por la realización personal consiste convertirse en asesinos de sus propios hijos.
Este humilde gesto que hemos realizado al encender nuestras velas expresa nuestra voz, que se dirige en primer lugar a los corazones y las conciencias de nuestros hermanos para recordarles que la altura de humanidad de una generación se mide en la capacidad de acoger, hacerse cargo y donarse a los otros; también, o quizá especialmente, cuando ello supone complicarse un poco la vida.
Sin embargo, esta vela encendida es ante todo un grito dirigido a Dios para que tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros y nos conceda su misericordia. Que san José y María santísima hagan hoy por nuestras nuestras familias, por nuestros niños y jóvenes, por la santa Iglesia de Cristo, el mismo servicio que hace dos mil años hicieron por el Hijo de Dios encarnado protegiéndolo del tirano que le buscaba para asesinarlo.
Mensaje en Alumbra la vida 2025, 28-XII-2025.
