
¿En dónde estoy yo el 8M?
Por cuestiones providenciales, el 8 de marzo pasado me tocó estar en la Ciudad de México. Mi amiga y yo planeamos el viaje apenas un par de semanas antes, y tardé en darme cuenta de EL DÍA: 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.
Quizá a algunos les resulte incómodo leer lo siguiente, pero es lo que es: sentí temor. Pensé "¿y si se me atraviesa la marcha?"
Aunque yo estaría lejos de la zona centro, no podía evitar imaginar escenarios negativos (seguramente, patrocinados por mi ansiedad). Y es que, durante años, hemos visto imágenes sobre estas marchas que son de pintas, confrontaciones o destrozos.
En mi ciudad, Guadalajara, también suceden, incluso conozco mujeres que han participado en ellas, pero estar en la capital me hacía imaginar la posibilidad de quedar en medio de algo y no saber cómo reaccionar.
Al final, mi amiga y yo estuvimos en una zona lejana a la marcha. Nada de lo que imaginé ocurrió. Pero me quedé con una espinita dando vueltas en mi mente: ¿Por qué yo, que soy mujer, temo a la marcha de la mujer?
Entre percepciones y realidades
Tal vez, mi ignorancia de lo que ocurre dentro de muchos contingentes que marchan en paz ha creado un sesgo en mi percepción. No culpo a los medios, pero es inevitable no traer a la mente esas imágenes de enfrentamientos y momentos de violencia en torno a estas manifestaciones. Definitivamente, eso influye en la manera de verlas.

Y reconocer lo anterior, no significa estar en contra de las demandas legítimas de muchas mujeres… porque existen.
Muchas manifestaciones del 8 de marzo provienen dolores reales: la violencia que sufren miles de mujeres, la impunidad ante los crímenes cometidos contra ellas, la discriminación o el abuso. Son heridas que no pueden minimizarse ni ignorarse. Pero también es cierto que no todas las consignas ni todas las formas de manifestación reflejan el mismo espíritu de justicia.
Cuando la protesta se convierte en violencia, cuando se ataca aquello que muchas personas (yo incluida) aman, como la Iglesia, o cuando se promueven prácticas, como el aborto, mi corazón también se siente herido y, en el fondo, también soy agredida.
La dignidad humana no puede defenderse negando otra vida humana, ni la justicia puede construirse sobre nuevas formas de agresión.
Escuchar las historias, sana
Días después, tuve la oportunidad de conversar con Andrea Perea, líder promujer, provida y profamilia, quien compartió su experiencia participando en la marcha del 8M.
Precisamente, ella nos hablaba de unirse a las causas que son justas, pero también saber tomar distancia cuando la protesta se convierte en ataques o en expresiones de violencia hacia los templos y personas.
Al final de nuestra conversación, coincidíamos en que el 8M va más allá de las marchas. Las verdaderas causas se abrazan cuando escuchamos la historia detrás de cada mujer, nos hacemos cercanas y somos capaces de decir, sin palabras: “Realmente me importas.”
La mujer que se encuentra con Cristo

La misma travesura de la Providencia que me llevó a la Ciudad de México ese día hizo que, ese domingo 8 de marzo, la Iglesia proclamara en el Evangelio el encuentro de Jesús con la samaritana en el pozo (Jn 4). ¡Wow!
En ese pasaje, aparece una mujer que carga su propia historia, llena de heridas, de decisiones difíciles, señalamientos sociales, rechazo y una gran sed de amor. Llega al pozo como cualquier otro día, pero esa vez, ahí está Jesús… esperándola.
La mujer, acostumbrada a la humillación, encuentra en Jesús una mirada de amor, una escucha de la Verdad y un diálogo de misericordia.
Gracias a este encuentro, aquella mujer abre los ojos, descubre su dignidad y comienza una nueva vida, convirtiéndose en anunciadora de la Buena Nueva.
Esta es, de hecho, una de mis escenas favoritas del Evangelio y algo nos deja claro: Jesús no juzga a la mujer (ni al hombre) por su pasado ni por sus errores.
Por eso, me cuesta aceptar cuando se afirma que la Iglesia desprecia a la mujer. No es cierto.
Desde el inicio de la creación, Dios quiso al ser humano varón y mujer a su imagen y semejanza (Gen 1, 27). Y Cristo dejó claro, con sus palabras y sus gestos, que la mujer no es un objeto ni un rival ni alguien de menor valor. Él vino a mirarla, a amarla y a redimirla. Lo vemos con la samaritana, pero también en muchos otros encuentros narrados en el Evangelio.
La mujer en la Iglesia
La Iglesia habla constantemente de la dignidad femenina y de su importancia en la historia y en nuestras sociedades; promueve su participación, reconoce el valor único de su presencia en la vida humana y recuerda que ninguna forma de violencia contra la mujer puede ser tolerada.
Por mencionar un ejemplo, san Juan Pablo II hablaba en reiteradas ocasiones del “genio femenino” como esa capacidad valiosísima de custodiar la vida, humanizar las relaciones y reconocer al otro como persona.
Como mujer y como miembro de la Iglesia, sé que el sufrimiento de muchas mujeres no es ignorado, al contrario, se pide justicia, solidaridad y protección para ellas, y propone un camino distinto al del enfrentamiento y al de negar la vida por nacer. Estoy convencida de que sí es posible construir una sociedad donde hombres y mujeres se reconozcan como ayuda mutua y no como enemigos.
Ese es el camino que propone nuestra fe. Y ese es el camino por el que muchos trabajamos todos los días para hacer presente el Reino de Dios en el mundo, donde la mujer tiene un lugar fundamental… Y aquí sí me logro encontrar a mí.
¡Gracias, Señor, por crearme mujer!
